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1er Domingo de Cuaresma (B) (18 febrero 2018)

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tentaciones 

Este miércoles pasado comenzábamos la Cuaresma con la celebración del Miércoles de Ceniza. Una celebración que nos recordaba la frugalidad de esta vida, la necesidad de estar en un permanente estado de conversión y la obligación de estar siempre preparados para entregar cuentas a Dios: “Recuerda que eres polvo y en polvo te has de convertir”

El Evangelio de este domingo anuncia como de pasada las tentaciones que Jesús sufrió en el desierto cuando, llevado por el Espíritu, estuvo durante cuarenta días haciendo ayuno y oración. Cuarenta días de preparación –como nuestra Cuaresma- para su misión pública, pasión y muerte en la cruz.

Y acabado ese corto relato de las tentaciones de Jesús, el evangelio nos recuerda la necesidad que tenemos todos de arrepentirnos, convertirnos y creer en la Buena Nueva. Este mensaje parece que cae en saco roto entre los católicos de hoy día. La mayoría de los católicos están pensando más en los carnavales que en su propia conversión y arrepentimiento. Y es que este mundo en el que vivimos, y que está controlado y dirigido por fuerzas diabólicas, nos ha puesto una venda ante nuestros ojos para que no nos demos cuenta del estado de nuestra alma y nos arrepintamos y sigamos a Cristo.

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Cuentos con moraleja: "El milagro de Cebreiro"

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capilla o cebreiropp

En realidad este relato no es un cuento sino un hecho real que según cuentan los historiadores ocurrió en la aldea de Cebreiro entre el siglo XIII y el XIV

Los romanos fueron quienes abrieron una vía de acceso a Galicia a través del puerto de Piedrahita del Cebreiro, que tiene 1.109 metros de altitud. Desde allí, se divisan varios montes y valles que forman una bella policromía con sus colores verdes, azules y rosáceos. En el invierno la nieve cubre de blanco muchos días los montes, las casas y el pequeño monasterio.

El camino hecho por los romanos, fue después paso obligado para ir de toda España a Santiago de Compostela. Por él caminaron gentes de diversas razas y peregrinos de la fe, siguiendo el camino trazado por el cielo: la Vía Láctea o Camino de Santiago. Por allí pasaron reyes y príncipes, santos y pecadores, guerreros y gentes de paz. Pasaron y siguen pasando, pues siempre hay razones para ir a Compostela, ganar el Jubileo y postrarse ante el cuerpo del apóstol.

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La Cuaresma, tiempo de conversión

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monasterio 

El otro día, leyendo el artículo del Padre Lucas, sobre el miércoles de ceniza, venía a mi cabeza el cómo nos preparaba mi madre para ese gran día que marcaba el principio de la Cuaresma. Para nosotros, no había “entierro de la sardina” o fin del carnaval, lo importante y principal era ir a la Santa Misa y que nos impusieran la ceniza. Nada parecido a lo que sucede actualmente, que da igual el tiempo litúrgico en el que estemos, lo más llamativo que se ve en las Parroquias, por poner un ejemplo, es el paso del adviento a la Navidad, con una corona con cuatro velas, marcando una por domingo, como en el colegio, cuando nos enseñaban a sumar: Comunidad Parroquial adulta

Cuando llega la Cuaresma, nada que nos recuerde o nos invite a vivir este tiempo como una conversión. Lejos quedan aquellas recomendaciones u obligaciones de nuestros progenitores y de nuestros Párrocos, de no ir al cine, de respetar el ayuno y la abstinencia, de no escuchar música frívola, ausencia de televisión, etc… Parece que en vez de 20 años, hayan pasado 20 siglos. Todas estas delicadezas, causan hasta hilaridad en estos tiempos y lo más lamentable, es que es dentro de nuestra Iglesia, donde se reniega de todas estas pequeñas cosas, que tanto acercan nuestra alma a Dios. 

Lo máximo que hay en las Parroquias, en tiempo de cuaresma es el Sacramento de la Confesión, en plan partido de fútbol gratuito. Se congrega un día determinado a toda la comunidad para que una vez escuchada una lectura, la gente pase por el altar, como quien pasa por la taquilla a comprar una entrada, en este caso, a recibir la absolución de los pecados. Esto es lo que se promociona en Cuaresma, los más atrevidos, incluso,  con absolución comunitaria, a la vista de cualquier Obispo, que prefieren mirar para otro lado.

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Jorgito y el Via Crucis

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viacrucisninos

La familia de Jorgito se encuentra en la casa de campo, disfrutando de un fin de semana primaveral. Durante la mañana, estuvieron trabajando en el pequeño huerto que la familia decidió plantar hacía unos meses —¡qué ilusión recoger los primeros guisantes verdes!—, y la tarde la emplearon en corretear por la finca en busca de las monedas de chocolate que les regaló la abuelita. La elaboración del mapa del tesoro les llevó algún tiempo, pero la búsqueda posterior entre árboles, matorrales y pedruscos mereció la pena.

Contemplando el atardecer, el padre, inspirado por el bello día, decide celebrar un Vía Crucis familiar:

 —¡Hijos, necesito dos palos de madera! ¡Vamos a hacer una cruz!

—¿Para qué, papa? —pregunta curioso el hermano mayor.

—Ya lo veréis.

 Los hijos se ponen en marcha y, en menos tiempo del que tardaron en devorar las chocolatinas, aparecen triunfantes con dos pequeños maderos en sus manos. El padre los engarza con un alambre que tenía en casa y, de esta forma, consigue una rudimentaria, pero noble, cruz.

—Muy bien, servirá. Ahora, acercaros a mí, os explicaré qué vamos a hacer. ¿Sabéis qué es un Vía Crucis?

—Sí —respondió Jorgito—. ¡Es lo que hicimos el año pasado cuando pintamos los dibujos de Jesús y los colocamos por toda la casa…!

 Los padres sonrieron y se lanzaron una mirada cómplice. Por lo visto, el esfuerzo de colorear todas las estaciones con los hijos obtuvo frutos; los mayores guardaban recuerdos de otros años.

—¡Eso es! El año pasado celebramos un Vía Crucis por casa. Este año, ¿qué tal si lo hacemos en la montaña?

—¡¡Sí!! —respondieron excitados, aunque sin saber todavía muy bien en que consistía exactamente eso del “vía crucis”.

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