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Domingo XIII del T.O. (A) (2 julio 2017)

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El que ama al padre o a la madre más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí. El que halla su vida, la perderá, y el que la perdiere por amor de mí, la hallará. El que os recibe a vosotros, a mí me recibe, y el que me recibe a mí, recibe al que a mí me envió. El que recibe al profeta como profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe al justo como justo, tendrá recompensa de justo; y el que diere de beber a uno de estos pequeños sólo un vaso de agua fresca en razón de discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa.

El Señor nos dice claramente en este pasaje cuáles han de ser los motivos que muevan al hombre:

  • No se puede poner a los padres por delante de Dios: A los padres debemos honrarles, quererles y estar agradecidos; sabiendo que su hubiera conflicto entre lo que Dios nos pide y lo que quieren nuestros padres, Dios iría antes.
  • Para seguir a Cristo hay que tomar previamente la cruz: Jesucristo nos dijo que su yugo era suave y su carga ligera; pero en ningún momento nos dijo que no nos costara trabajo. Es más, quien quiera buscar a Cristo y huya de la cruz que Él le ofrece, al final encontrará la cruz, pero sin Cristo clavado a ella.
  • Quien quiera ser feliz tendrá que dejar todo por amor a Cristo: La razón es muy sencilla. Uno es capaz de dejar algo si realmente ama a la persona que se lo pide. El sacerdote renuncia a vivir su propia vida, formar una familia, tener una profesión…, y todo esto lo hace por amor a Cristo.

Pero una vez que el discípulo de Cristo da el paso de dejarlo todo y seguirle, entonces se encuentra con que en realidad Dios le ha dado cien veces más en este mundo, y además, la vida eterna en el venidero.

Y todo el que dejare hermanos o hermanas, o padre o madre, o hijos o campos, por amor de mi nombre, recibirá el céntuplo y heredará la vida eterna (Mt 19:29). 

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